Sábado 14 de Junio de 2014
Podemos partir del simple ejercicio de expresar oraciones en ambos
sentidos, el del ser y el del tener. Soy madre, tengo hijos. Soy
profesora, tengo alumnos. Soy trabajadora de la educación, tengo un
trabajo en la universidad. Y continuar así indefinidamente. Pero estas
breves afirmaciones nos hacen pensar la diferencia entre ser madre,
profesora, trabajadora y tener hijos, tener profesión, tener alumnos,
tener trabajo.
Jean Paul Sartre, ya en pleno siglo XX, acuñó el concepto de
cosificación, para mostrar cómo en la sociedad capitalista no somos
sujetos sino cosas. Es decir que el problema de las relaciones entre
unos y otros, visto desde una perspectiva histórica, nos sitúa en medio
de relaciones de producción y de relaciones de poder que, con el paso
del tiempo, se ven transformadas y por lo mismo no pueden ser definidas
de modo universal y estático.
Los hombres son libres, por eso son sujetos y no cosas, el trato con
los demás sujetos se encuentra siempre en un conflicto entre
libertades, Sartre afirma que en este enfrentamiento se busca cosificar a
los demás y evitar ser cosificado por ellos. Este conflicto de las
libertades se expresa en dos actitudes principales: o bien uno se
esfuerza en reducir al otro al estado de objeto para afirmarse como un
ser libre, o bien uno asume su ser objeto, se convierte libremente en
cosa delante de otro para captar su libertad, para reconocerle como
sujeto.
Sólo dos libertades pueden encontrarse sin anularse en las
relaciones entre sujetos, para eso no debemos confundir el ser con el
tener, yo soy libre porque me resisto a ser convertido en una cosa que
depende de los otros para existir, para elegir, para decidir.
DILEMA. Del ser o no ser, como raíz del dilema que anunciaba
Shakespeare en Hamlet, un nuevo drama aparece en el horizonte: ser o
tener, ésta es la cuestión. Diferenciar ambos aspectos nos ayudará a ver
la dificultad que no sólo expresa el lenguaje sino que también expresan
las prácticas sociales. Porque un sujeto de derecho se disuelve en las
tramas del consumo y ya no se trata de alguien que estudia, trabaja,
produce; sino que se trata de un consumidor que está en condiciones – o
no – de consumir buena calidad educativa, mejor calidad laboral,
excelente calidad de vida.
La calidad, término instalado en las “políticas” neoliberales de los
90, es un síntoma del tipo de relaciones basadas en el intercambio
económico que no son ya fruto del esfuerzo por ser alguien, sino de las
mercancías que siguen oficiando como fetiches de los centros comerciales
que se han transformado en los nuevos panópticos de cambio de siglo.
Síntoma en el sentido de un signo de época en el que todo se revierte:
la calidad, como dice el estribillo de una publicidad de productos
lácteos, es el fetiche y la marca que diferencia a unos de otros, entre
los que pueden consumir la buena mercadería y los que consumen lo que
queda, los restos de un mercado que siempre está descartando los retazos
de lo que ya no puede ubicarse en las vidrieras del Gran Bazar.
Hasta la relación con nuestro cuerpo ha girado a esta lógica del
tener: ‘soy un cuerpo’ se ha convertido en ‘yo tengo un cuerpo’ y aún
más, como señala Dardo Scavino: ahora decimos “ese cuerpo ya no se usa
más”; porque el cuerpo y sus patologías de consumo es una mercancía
entre otras, debe ser transformado, travestido, metamorfoseado a límites
insospechados hace unas décadas atrás. El cuerpo es un objeto, una
cosa, una tabula rasa donde se inscriben las prácticas. La actual
reflexión sobre el cuerpo y sus problemáticas ha dado lugar a espacios
disciplinares como el de biopoder, biopolítica, que intentan pensar
estos acontecimientos de una materialidad que no es la que anunciaba
Marx en el siglo XIX (la materialidad de las ideologías y la falsa
conciencia) sino que es la materialidad más burda de lo concreto que
crece y se desarrolla sin ideas, sin pensamiento, sin reflexión.
QUÉ SOY. En el mundo del tener, espectadores y consumidores
se dan la mano en los shows hiperrealistas agrupados por padecimientos
sin poder discernir entre el ser y el tener. Si lo que soy es definido
por lo que tengo, es la falsa conciencia de lo que somos, de lo que
podemos ser. Como afirma Erich Fromm: “La naturaleza del modo de
existencia de tener surge de la naturaleza de la propiedad privada. En
este modo de existencia, lo único importante es adquirir propiedades y
el derecho ilimitado de conservar lo adquirido. El modo de tener excluye
a los otros; no requiere que yo haga ningún otro esfuerzo por conservar
mis propiedades ni que haga un uso productivo de éstas. A este modo de
conducta el budismo lo denominó codicia, y las religiones judía y
cristiana lo llamaron ambición; esto transforma a todo el mundo y todas
las cosas en algo muerto y sometido al poder del otro”.
Marx lo enunciaba claramente, el capital es trabajo muerto, un
muerto que necesita del trabajo vivo para multiplicarse, el capital
acumulado no puede por sí mismo crear nada, sólo puede comprar cosas o
comprar trabajo; quien no tiene capital vende su fuerza de trabajo y se
pierde a sí mismo. Lo sólido que se desvanece en el aire de las
sociedades capitalistas incluye al propio sujeto, se disuelven los lazos
sociales, la solidaridad, la comunidad –es decir lo común que nos une
en el grupo humano-, ese espacio que existe entre nosotros, espacio que
nos une y nos separa al mismo tiempo. Pero en una distancia
intersubjetiva, no en una transacción meramente comercial, sino más allá
del intercambio.
La disolución del sujeto, es su desolador territorio sin lazos, es
la soledad del individuo sin proyectos colectivos, sin horizontes
compartidos. Al decir de Scavino: “Desolar, en efecto, quiere decir
tanto asolar, destruir o devastar como angustiar, entristecer o
atormentar. Pero en uno u otro caso, y de acuerdo con su significación
etimológica, “desolar” significa precisamente des-solidarizar o romper
la solidaridad entre elementos que hasta ese momento estaban juntos;
todo lo contrario a con-solidar. Algo sólido, justamente, es una cosa
cuyas partes son difíciles de separar o disolver, romper o corromper,
como cuando hablamos de una “sólida amistad”. La desolación no es
entonces un sentimiento característico de la “condición humana”, como
algunos cultores del “mal metafísico” pretenden, sino, al contrario, la
experiencia de un individuo reducido a “condiciones inhumanas” de vida,
al aislamiento y la ruptura de toda solidaridad comunitaria”.
ESTAR SIN SER. Esta situación de disolución del sujeto, de
sus lazos con otros sujetos, de la posibilidad herida del encuentro
entre seres humanos, encuentro que se puede dar en algo que trascienda
el mero tener, que supere el consumo como fin en sí mismo; el no
compartir ni repartir los bienes entre todos, hace este panorama
desolador en el que estamos pero no somos. No se trata de no tener, de
dejar de tener, se trata de ser alguien para tener algo y de no
confundir las cosas con las personas, de no sustituir al otro sujeto por
una cosa ni de transformarlo en objeto para conseguir algo a través
suyo. Tampoco se trata de convertirse a uno mismo en objeto de otro, lo
cual sería una nueva forma de alienación, alienarse en el convencimiento
que ya no somos valiosos.
Como advierte Alain Badiou: “Aquellos que pretenden que el animal
humano es maligno no quieren sino domesticarlo, al servicio de la
circulación de los capitales, para hacer de él un asalariado moroso y un
consumidor deprimido”.
Este mundo del tener por tener, de tener para el consumo de las
calidades buenas o malas según nuestro pequeño o gran capital, es éste
mundo de los asalariados morosos y angustiados por pagar una deuda
absurda, la deuda que se alimenta a sí misma en la sustitución
permanente de las cosas que tienen fechas de vencimiento cada vez más
cercanas. Mientras tanto se pierde lo más valioso que tenemos y somos
los seres humanos: nuestro tiempo, que es ni más ni menos que nuestra
propia vida.
(*) Docente universitaria e investigadora.
Bibliografía
Comte - Sponville, André. El capitalismo ¿es moral? Paidós. Buenos Aires. 2004.
Fromm, Erich. ¿Tener o ser? Fondo de Cultura Económica. México. 1981.
Scavino, Dardo. La era de la desolación. Ética y moral en la Argentina de fin de siglo. Manantial. Buenos Aires. 1999.
Angelina Uzín Olleros (*)